En ocasiones, al inicio de las charlas, lanzo a los asistentes la pregunta: “¿Qué es lo que quieres para tu hijo, para tu hija?

Ante una pregunta aparentemente sencilla y simple, hay siempre una sorprendente variedad de respuestas, pero, sin embargo, todas tienen algo en común: todas se centran en qué poder hacer para acertar en la crianza de sus hijos, partiendo de la entrega, del amor.

La seguridad en la crianza podría entenderse como tener las respuestas a esas preguntas, ¿verdad?

Es más, sería maravilloso poder proporcionar una respuesta única, un manual que pudiéramos seguir como familias y que nos proporcionara esa serenidad, fruto de la certeza de saber que hemos hecho lo posible.

Pues bien, no existe esa respuesta única. Cada familia, como unidad única, suma de las esencias especiales de sus miembros, tiene su propia entidad, y por lo tanto su propio mapa de coordenadas.

Cada familia, mediante la observación y la aceptación de todos y cada uno de sus miembros, tiene que construir su propio camino de vida, encontrar su propia dirección, base esencial para proporcionar lo mejor a nuestros hijos e hijas.

Pero si que existen algunas pautas, pistas que podemos mantener con atención y que nos guiarán en el proceso de la crianza.

Con ello me refiero a que la debida observación a su juego, la necesaria atención a su seguridad son ambas beneficiosas si les permitimos libertad. La libertad necesaria para experimentar la frustración, la dificultad de los inicios. Si dedicamos la previsión necesaria para que los espacios en los que se desenvuelva su actividad sean tan seguros que permitan una total amplitud de movimientos.

Nuestro objetivo es ayudarles a ser independientes, lo que no quiere decir que tengamos que permitirles hacer todo lo que quieran, no. Como digo en mi libro “La edad invisible”, que estén “a su aire” no significa que vayan “a lo loco”.

Nuestra misión es acompañarlos en sus actividades, en sus frustraciones, éxitos… en sus días, PENDIENTES. Pero no les hagamos dependientes, ¡eso no!

MENOS ES MÁS.

Nos preocupamos muchísimo por proporcionar a nuestros hijos todo lo que necesitan, cuando en realidad sus necesidades básicas son pocas y sencillas de atender:

  1. Que estén bien alimentados, con los mejores alimentos que podamos proporicionarles, preferentemente ecológicos.
  2. Que descansen lo suficiente, y cuando lo necesiten, respetando sus ritmos.
  3. Que su higiene sea la correcta, que puedan ensuciarse para que luego podamos ayudarles a aprender la maravillosa sensación de estar limpios.
  4. JUGAR LÍBREMENTE, a lo que quieran, a juegos de toda la vida en los que podamos participar con ilusión. Y en el juego, que puedan moverse libremente, disfrutando de una amplitud de espacios, bajo nuestra supervisión, que no nuestra intervención.
  5. Y, desde luego, sentirse queridos, sentirse rodeados de la atención del adulto, de su cariño, de su amor.

HAY QUE SER “POBRES”.

Y por pobres me refiero de nuevo a la regla de “menos es más”, en este caso en lo que respecta a los juguetes. El consumismo actual hace un flaco favor a la crianza de los niños y niñas de esta generación, puesto que es importante que el niño comprenda que ha de tratar cada juguete con consideración porque es un bien escaso, que si estropea no va a ser remplazado sin más. La posesión de una abundancia de juguetes conduce a la indiferencia. Pocos juguetes, es lo aconsejable, pero buenos, de calidad, versátiles, que puedan serlo todo y también nada, que le permitan poner en uso toda su imaginación.

CAMBIANDO LA OBLIGACIÓN POR LA ILUSIÓN.

En este punto hay que hacer un pequeño cambio de perspectiva. Hagamos el esfuerzo por un momento de mirar desde sus ojos, mediante la observación y el acompañamiento.

Todos llevamos a cabo actividades con nuestros hijos e hijas que forman parte de nuestras rutinas, como, por ejemplo, leerles un cuento por las noches o bañarles antes de cenar. Sin embargo, leer un cuento antes de dormir no es de obligatorio cumplimiento, por muy positivo que sea compartir ese tiempo y actividad.  Del mismo modo, podemos enfrentar el baño con la urgencia de tener en el fuego la cena al mismo tiempo, o bien cerrar los ojos y decidir dedicar a esta hermosa tarea el tiempo que requiera, sin límites más que para el disfrute y la risa, plenamente.

Si cambiamos la obligación por la ilusión, el deber por el querer, nuestros hijos e hijas disfrutarán con nosotros de la actividad, sin sentir esa urgencia, esa mochila que parece que no somos capaces de quitar de nuestros hombros.

Así, podremos vivir estos momentos plenamente, sin prisa, sin miedo.

NO PROYECTAR.

Nuestros hijos no somos nosotros, por más que parezca algo obvio no está de más tenerlo presente en todo momento. No debemos proyectar en ellos lo que A NOSOTROS nos gustaría que fueran, que hicieran, esa imagen ideal que de ellos tenemos en nuestra mente, pero que no tiene nada que ver con quienes son ellos en realidad.

Nuestra labor es la de hacer de nosotros el modelo que ellos puedan y quieran imitar, inculcarles valores básicos para la familia, fomentar su individualidad. Son niños y niñas, en ellos sólo hay bondad.

Estas no son sino algunas pautas para construir una crianza consciente, donde el respeto al niño es el máximo valor.

En este enlace encontraréis más información acerca de los pilares de mi proyecto educativo, la CRIANZA CONSCIENTE, que os servirán de apoyo y reflexión.

 

En todos mis años de trabajo con familias siempre ha habido un común denominador: la ENTREGA A LA CRIANZA. Partiendo de esta entrega, y con la ayuda de estas pautas y del amor que doy por sentado conduce las relaciones con vuestros hijos e hijas, la serenidad que anheláis será cosa hecha, porque no habrá nada que no haya salido de la observación, el respeto y el amor.

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